lunes, 14 de febrero de 2011

Feliz cumpleaños

(12.02.1989)

Llevo mucho pensando en escribirte y, hace dos días que quise decirte felicidades, como siempre.
Hace cosa de un mes me preguntaban si no sentía envidia, o si no tenía el empeño de competir con los demás porque deseara algo que pudieran tener, y no, la verdad es que nunca he visto algo que no tuviera y deseara. Todo porque tú siempre me enseñaste a valorar lo que tenía, y a no desear lo que no merezco por mí misma; sino a ponerle el alma a lo que quiero y a no parar hasta conseguirlo.

Gracias a ti y aquel muro que me aconsejaste que construyera a mi alrededor (ése alto, infranqueable y siempre custodiado), me he librado todos estos años del daño que los demás pudieran infligirme, sin siquiera notar las guerras que se libraban fuera.
Aun así, mi muro tiene una pequeña grieta, ya que va pasando el tiempo, y todo se desgasta, pero poco puedes hacer, porque la abriste tú al salir, sin querer.
Duele cuando mis amigos me cuentan que se pelean con sus padres porque no entienden lo que les sucede. Escuece cuando me quedo sola en casa si las demás se van, y no tengo oportunidad ya de hacer el cafre contigo. Fastidia cuando no puedo preguntarte qué camino escoger. Quema cuando ya a veces mi mente no es capaz de ponerte cara, como autodefensa, y hace años que alcanzo solo a ver esos ojos azules, porque son también los míos. Y, sobre todo, mata cuando me sacrifico para conseguir mis metas y tú no estás para verme…

Te hablé de mi intención de salir con mis primeros intercambios, pero no llegaste a despedirme en aquel avión, ni en tantos que luego vinieron. Nunca supiste que dejé de nadar por estudiar para conseguir la nota de corte de la carrera de la que una vez me hablaste. No estabas cuando empecé a ser scouter como José y Juan. Jamás sondeaste con esa mirada a chicos que traje a casa. No compartiste conmigo cómo sonreía pletórica en mi graduación. No sabes cuántos países he conocido, y no sales en ninguna de mis fotos. Ya no hablas con tus amigos de lo orgulloso que estabas de mí, mientras que no me lo demostrabas para que nunca me confiara ni me diera por satisfecha. No me oías tocando la guitarra que me regalaste. No viste mis 15, mis 18, o mis 20. No me esperabas en casa cuando llegué de trabajar mi primer día. No te tuve al lado cada vez que me han asaltado las dudas y los temores. Y seguirás sin estar en todos los momentos decisivos de mi vida…

Lo único que querías para mí era que intentara ser la mejor en aquello que me gustara, y curiosa con lo demás que me rodea, además de fuerte, perseverante e independiente, pero la verdad es que nunca verás en qué mujer puedo llegar a convertirme. No me verás salir de casa definitivamente y ocuparme de mí misma. No te impacientarás cuando haga algún viaje largo. No me alentarás cuando empiece con las oposiciones, ni cenarás conmigo para que te cuente cómo ha ido la profesión de mis sueños. Seguirás sin responderme cada vez que te pregunte “¿tú qué harías?”.

Sin embargo, en poco tiempo, aprendí todo lo que pude de ti.

Aprendí que la vida son dos días, y que hay que vivirlos con esa garra, levantándonos cantando.
Aprendí a odiar la hipocresía, a ser una bruta que no entiende de diplomacia ni maneras, y a ser implacable cuando alguien es embustero, tiene inquina, y no soluciona sus problemas a la cara.
Aprendí que primero es el negocio y luego el ocio, pero que ambas me deben hacer feliz como para seguir con la otra.
Lo único que intentaste enseñarme y no pudiste fue la fe en tu dios y su paraíso. Ojalá lo pudiera creer, solo para así reconfortarme pensando que aun me ves y te sientes orgulloso de mí, pero fui tu mejor alumna en cuanto a tener objetividad y ser consecuente con lo que pienso, en vez de sobornable o egoísta.
Aprendí a ser positiva, a ver el lado de bueno de todo, a descubrir algo especial en cada persona, y a saber que hay que luchar, como tú hiciste, por los que más indefensos están.

Por todo ello, solo quería decirte "gracias". Gracias, por haber cuidado tanto tu cuerpo mientras yo era pequeña, solo para que llegara a recordarte hoy. Feliz cumpleaños.

jueves, 27 de enero de 2011

La tierra de las papas...



Todavía me acuerdo de un libro que llegó a mis manos cuando tenía como unos 8 años. No recuerdo quién me lo regaló en el día de mi cumpleaños, pero no fue uno que yo pidiera, y si hubiera sabido todo lo que iba a desencadenar… lo pido incluso antes.

Tengo la suerte de que me hayan enseñado el placer de leer y a ser tan curiosa por lo que me rodea desde bien pequeña, y no puedo dejar de agradecer a mis padres y a mis hermanos mayores que me convirtieran en aquel entonces en la monstruita devora-historias que aun sigo siendo.

La tierra de las papas, uno de los ejemplares de la serie roja de El Barco de Vapor, fue mi primer encuentro con las diferencias sociales y la injusticia, con el cambio cultural entre países muy dispares, y unos 15 años después no se me borra el recuerdo, la sensación, y ese primer sentimiento profundo de impotencia y rabia por una situación así.

María, la protagonista de la historia tenía pocos años más que yo, y me sentía muy identificada. Tenía aquí en España todo lo que podía desear: una habitación bonita, los amigos de su colegio, su videoconsola, su ropa a la última moda, a su familia... Ella solo describía eso porque comer, tener derecho a estudiar, el cariño de una familia, estar sana, y jugar son cosas que piensa que todos los niños del mundo deben tener.

Cual fue su sorpresa cuando a su padre lo destinaron a Bolivia y se dio de bruces con la cruda realidad de otros niños. Yo aun no entendía bien palabras como hipocresía o doble moral, pero aun me imagino los barrios para los turistas, y los de los nativos. Nunca se dijo en el libro nada de un muro, pero lo pude ver muy claramente.

El personaje clave fue Casilda, la criada que allí buscaron. Era una niña de la misma edad que María, tan distinta de la chica que se convierte en su amiga, simplemente por haber nacido donde nació. La visualicé mucho más mayor, tenía que hacerse cargo de sus hermanos pequeños porque sus padres murieron, no sabía coger un lápiz ni leer, siempre estaba triste o seria, sus manos estaban ajadas como las de una abuela, y en su cara no estaban ya las facciones de cualquier niña.

El capítulo que más retuve, tan pequeñita, fue el del mapa. María le enseñaba dónde estaba el lago Titicaca, y la distancia a la que estaban de él. Casilda salió despavorida gritando y haciendo aspavientos, maldiciendo, porque pensaba que era un demonio que la estaba intentando engañar. Le juraba que ella estuvo una vez allí con su familia un domingo, que el viaje duró medio día, y que no podía ver el final del lago, mientras en su estúpido papel parecía solo una gotita de agua azul.

Fue ahí donde caí en que algo raro pasaba, y que lo que sea muy normal para nosotros puede resultar demoníaco para otros, simplemente porque ellos no han tenido las mismas oportunidades, como la educación, de las que los hijos de los países desarrollados disfrutamos y ni nos cuestionamos.

Hoy, en un día en el que no paro de repasar conceptos sobre derechos humanos y los Objetivos de Desarrollo del Milenio para la erradicación de la pobreza, mi mente me ha llevado sin querer a aquella época en la que aun era proyecto de personita, y me he alegrado mucho por ver cómo han ido evolucionando las cosas.

A veces me pregunto si quien me regaló aquel libro sabría que hoy por hoy esa historia de Casilda con María y tantas otras parecidas, sobre un bagaje cultural distinto y la necesidad de entendernos unos con otros, serían lo que motiva mi futuro profesional, lo que han hecho que estudie lo que he elegido, y lo que consigue que todo el mundo me pregunte por qué no paro de viajar y conocer sitios nuevos, con costumbres tan distintas a las mías.

Mi madre siempre me decía que “tener claro el camino es un lujo que debemos saber permitirnos”, y que “lo único que vale es luchar por aquello que queremos”. Pues creo entonces que soy rica desde hace mucho, y más de lo que me podía imaginar.

jueves, 6 de enero de 2011

Parchís


El otro día, una amiga, una hermana de tantos jaleos nocturnos con rimmel, y de otras tantas reflexiones matutinas con legañas, publicaba que “el que se enamora, pierde”.
¿Alguien podría explicarme por qué solo me pululan durante días las ideas más nimias, y por qué me hacen replantearme mi estrategia de vida constantemente?
De manera fugaz, sobre mi cabeza sobrevoló el pensamiento de que las piedras aguantan durante milenios por eso mismo, por su idiosincrasia. Le contesté que duran eso porque son piedras frías, que ni sienten ni padecen, que ni se sulfuran, ni se entristecen, ni se infartan, pasen los años que pasen.
Nosotros, en cambio, podemos dedicar, fácilmente y como mínimo, un tercio de nuestra vida de un siglo máximo pensando en todo aquello relacionado con la patata esa que da botes rápidos, con las mariposas esas que vuelan y no salen de la barriga, con los instintos que nos llevan desde a formar una tonta mueca con la boca en forma de sonrisa de pánfilos hasta a hacer locuras y a alejarnos o acercarnos, indistintamente, de nuestro bienestar lógico.
Todos pasamos nuestro tiempo esperando embelesados con la idea de que X nos mire, nos sonría, y nos pregunte qué tal el día, que se deje llevar por sus sentidos y se olvide de lo demás, respire rápido y entrecortado, y que los ojos le brillen de más cuando aparezcamos.
Pero, cuando por fin llega, si lo hace, piensas que merece la pena no haber sido piedra, y deseas someter a tu cuerpo y a tu mente a todo aquello que van a experimentar.
Ahí es cuando todos sopesamos si merece la pena vivir una vida duradera, tranquila pero vacía de esas sensaciones, de esa adrenalina, de esas endorfinas, del riesgo, las ganas y el entusiasmo, aunque esto suponga un estrés añadido y un recorte en el juego de vivir.
Imagina un injusto parchís donde juegan cinco, en un tablero de cuatro, donde alguien sobra y no tiene casa, donde ninguno de los que está presente sabe las reglas porque, en realidad, en este juego no las hay, y nadie sabe a ciencia cierta qué está bien y qué está mal, donde todo depende de con quien se juegue en ese momento, y nada de lo que tenemos preestablecido vale, donde unos no consiguen salir hasta bien empezada la partida, y otros lo hacen una y otra, y otra vez después de perder una vida por un compi de juegos que te lleve de nuevo a casa.
Querida amiga, lo he pensado, no sé si mejor, pero más al menos, y...
En este parchís, unos ganan, otros pierden… pero todos juegan, y eso es lo que importa. Al final de tu partida da igual el tiempo que hayas durado, o si has metido todas las fichas en el hueco, sino que ganará quien haya disfrutado, quien haya aprendido de sus compañeros, y quien le haya sacado todo el jugo a este juego tan real que estás sintiendo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La teoría de los colores...


Cada día me queda más claro que nuestro cerebro tiende a clasificarlo todo: el tiempo en horas, minutos, meses o décadas; ciencias en matemáticas, física o química; distintos idiomas; comidas dulces y saladas; bebidas alcohólicas y sin alcohol… y, a veces en lo bueno y lo malo. Mejor dicho, lo que nos gusta y lo que no nos convence.
No todos respondemos a los mismos esquemas a la hora de distribuir la información y meterla en las pequeñas estanterías de nuestro cogote: unos parámetros responden a la lógica, otros a lo que nos han enseñado o son costumbres, y los de más allá a aquello que nuestros sentidos quieren ver y reconocen.
Nosotros tenemos hielo y nieve, todo es blanco, mientras que los esquimales hablan de varios tipos de blanco aplicados al medio que mejor conocen. Conforme esto pasa por el norte, en árabe y dialectos beréberes, tenemos 7 u 8 formas de llamar a la arena haciendo referencia, a veces, a sus distintas tonalidades de amarillo.
Para nosotros, en este país y en esta cultura, el color que refleja la tristeza, la pérdida e, incluso, la muerte, es el negro: pensad en los mensajes de bancarrota, en el luto, en el manto del de la hoz… y mientras, en África, lloraremos la pérdida de un ser querido vestidos de blanco impoluto.

Es curioso lo que los colores nos cuentan de un hecho en concreto, de una fotografía que se queda perenne en nuestras retinas, y que nos hace alegrarnos, pensar, entristecernos, ofuscarnos, sonreír...

Tengo una pequeña manía (¡uf, de tantas y tan tontas!), una afición, un hábito… como lo quieras llamar, me da igual. Y es que clasifico a las personas a primera vista, en la primera conversación o con nuestra primera vivencia, juntos. Hasta ahí, bien, sin indicios de que necesites visita con el loquero, rubia. Todos preguntamos el horóscopo de alguien y lo etiquetamos automáticamente con las dos o tres características más o menos complacientes y genéricas que nos han dado. Se nos puede echar en cara que prejuzgar es erróneo y que siempre nos pueden sorprender, pero mi instinto (¿qué haría yo sin ti?) no falla.
Atento, que ahora viene la gracia: lo que se me ocurre no es un adjetivo, sino un color. Sí, me supones un color, y menos mal que, a base de experiencias con otras personas, he aprendido a clasificar a la gente según el primer color que me traen. No me valgo de fechas de nacimiento, ni de países o etnias, eso no lo elige nadie, sino de la magia o no del primer momento. Mantengo, y no soy persona de religión, de misticismo, santeros o vudú, que a todos nos rodean un halo de luz, unas sombras y, sobre todo, un color. Hay gente que solo piensa “¡qué mirada!” y otros hablan de magnetismo, viveza, misterio…

Los niños son blancos, y los mayores que son rosa (inocentes), pocas, por desgracia.
Para mí las personas especiales son púrpura. Solo conozco a una. Es lo más de lo más, la guinda del pastel. Son personas mágicas, realmente y, a veces, dudo que ella sea humana. Empáticas, con un porte sin igual, desinteresadas, sabias, guardianes de secretos…
Casi tan bueno como el púrpura está el azul. Son también extremadamente buenas, elegantes, justas. Todos tenemos fallos, claro, pero las buenas intenciones y un gran fondo son su seña. Ojalá hubiera más de estas personas, que no se dejan impresionar por la superficie, algo que ahora se valora demasiado, ni que tampoco se sienten coartados por lo que piensen de ellos. No rinden cuentas porque saben que lo están haciendo bien.
Si bajamos la tonalidad de esta gama a los celestes nos encontramos gente con buen fondo, despistada y muy humana, para lo bueno y lo malo. No les preocupa la corteza, y les gusta que las cosas queden muy definidas.
Me encantan las personas rojas. En general, todas las personas con tonos muy fuertes y definidos me parecen de confianza, las veo llegar antes. Estas son temperamentales, los peores prontos que he visto, pero me gusta que la gente peleen por lo que sienten, se enfaden porque las hayan hecho sufrir, y luego les den a cada uno lo que se merece. Son grandes, fuertes, estresantes, cojoneras, perdidas por las formas, pero con un sentido de la verdad muy por encima de todo.
Los marrones son personas arraigadas a la tierra, realistas al máximo, sinceras, naturales. A veces he tratado con muy poca vista a “marrones” por pensar que no les hacen gracia mimos, abrazos, besos y las tonterías que a mí me encantan, sino que prefieren una vida sin florituras, sin adornos, y verdaderamente desnuda. No siempre es así, recordemos de qué colores nace el marrón…
Los naranja son divertidos, graciosos, sonrientes, y tampoco tienen un fondo muy malo. Son los perfectos relaciones públicas, amigos de corrillo de todos, para lo bueno, aunque no sé si ponen la mano en el fuego por nadie.
Hay dos tipos de amarillo. El amarillo puro, o incluso si tira a naranja, que es típico de las personas guapas, por fuera. Para mi gusto, no son lo más buenos, aunque sí los más respetados porque, para qué engañarnos, en este siglo queremos que todos tengan una buena imagen de nosotros, y creemos que esto llevará a los demás a pensar que es el reflejo de nuestro interior. Hoy en día proliferan los naranjas y amarillos.
Pero, cuidado, que se vuelve amarillento, o incluso verde claro o grisáceo. Todas estas personas, de menos a más, son las personas muy inseguras, envidiosas, celosas, mentirosas, vacías, malas o tristes. No soy capaz de verlas claramente, porque siempre me gusta pensar que en cada uno hay algo especial, pero me desmontan esa teoría. Tengo mucho cuidado de guardarme de ellos, porque hacen su voluntad basándose en sembrar la negatividad, en la hipocresía, y los comentarios por la retaguardia.

Con muchas salvedades, así veo a unos y a otros. Me reafirmo en que esto no responde a un sistema lógico, a nada predeterminado, es mi manera instintiva de clasificar a unos y a otros, pero así ocurre, llegas con tu sonrisa, con tu mirada, con tu expresión, y con tu color =)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Alguien...


Alguien que cuando me ponga borracha me lleve a casa en brazos, que me rompa las medias con la boca, y luego me compre otras. Alguien que me haga el amor contra la pared y se meta conmigo luego en la bañera, que se pierda conmigo para después rescatarme de laberintos. Alguien que saque la espada y me defienda de víboras, pirañas y putas.

Alguien que cosa disfraces a mis días malos, y los convierta en buenos. Alguien que no se enfade si no me entiende, que me saque la lengua cuando me ponga tonta y me haga enmudecer. Que finja enfadarse conmigo, me deje sola, y que me espere al volver la esquina con una sonrisa.

Alguien que no dé por hecho que siempre voy a estar ahí, pero que tampoco lo dude. Que no me haga sufrir porque sí, pero que tampoco me venda amor eterno manoseado.

Alguien que no pueda caminar conmigo por la calle sin cogerme de la mano, que no me compre regalos pero que tenga mil detalles de papel, que no le guste verme llorar y me haga reir hasta cuando no tenga ganas.

Alguien con quien jugar, como cachorros.

Alguien que de vez en cuando decida perseguirme en los bares y conocerme otra vez. Que me mire, le mire, y me tiemblen las piernas sin remedio.

Alguien que esté loco por mí, y no se le olvide decírmelo los días de resaca. Que si se pone animal, sea solo en la cama, y que me mate a besos por la mañana. Que no se acostumbre a mí, ni deje de inventar nombres nuevos para despertarme.

Alguien que, por mucho que le parezca que he pedido antes, sepa que lo que él consigue es igual o mejor.

Pero, sobre todo, alguien que no tenga que perderme para darse cuenta de que me había encontrado...

lunes, 22 de noviembre de 2010

en mil palabras


Son hijos del miedo. Son huérfanos del cariño de una madre, de la formación de un padre. Son herederos del odio y del rencor entre países, entre etnias. Son hermanos pequeños de la pobreza, de la hambruna y de la extorsión. Son las víctimas más vulnerables de barbaridades infundidas por adultos que aprovechan su poder sobre ellos, lo débiles que son, y lo maleable de su comportamiento tras experiencias abominables. Solo les son afines el daño físico, el daño psicológico, el rechazo de unos y otros, la perversión, la esclavitud y la interrupción de una infancia, truncada por los que más pueden. No conocen sus derechos, solo la corrupción y la explotación. Nadie les ha dicho que sus deberes son estudiar, formarse, sonreír y jugar…
Mayamuna tiene 14 años, y es somalí. Su abuela le practicó la ablación hace 3 años, acompañada de otras de sus familiares. Estuvo durante un mes al borde de la muerte, dada la infección provocada por una salvaje mutilación de parte de sus genitales. Aquí solo prima que pueda conseguir un buen marido algún día, y que se rebajen las posibilidades de que ella quiera cometer adulterio. 70 millones de niñas y mujeres han sido sometidas en los últimos años a esta práctica, y en un 90% de los casos, la mutilación no se ha hecho con las medidas mínimas de higiene que la OMS recomienda para cualquier operación, salvajismo de la acción aparte.
Gardiah solo tiene 12 años, vive en Sierra Leona y a los 9, su comandante de las FUR le ordenó asesinar a un niño de un poblado cercano al lugar donde lo raptaron. Fue la primera de muchas atrocidades. Lo drogaban, sufría vejaciones continuas, torturas, no comía, y cargaba con armas casi tan grandes y pesadas como él… Sus ojos, y los de otros 15 millones de niños envueltos en conflictos armados en los últimos diez años, han visto barbaridades que la gran mayoría de adultos de otros puntos del planeta ni se imaginarían.
Poady es ruandesa, de etnia tutsi y, aunque ahora tiene 26 años, aun narra como en el genocidio de 1994 fue víctima de violaciones en serie por partes de sus vecinos hutus, y testigo de la masacre de toda su familia. Vivió entre cadáveres durante aquellos famosos cien días y, por si fuera poco, carga con los estigmas de una sociedad que le recuerda a diario el crimen de otros. Ahora el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (UNICTR) la hace identificar a las personas que acabaron con sus parientes. Estos fueron también otros niños forzados a matar, y que, como ella, intentan recuperarse de las secuelas del más claro ejemplo de segregación, envidias y rencor de la historia del país.
Achara nació en Tailandia hace tan solo 11 años. Tiene clientes europeos a diario que se ven respaldados por el poco seguimiento que hacen las autoridades de estos niños nunca registrados y sufridores de los crímenes de pederastia a manos de cualquiera de estas bestias que tenga unos miles de euros para pagar un viaje al paraíso legal que el sudeste asiático les supone. Achara es seropositiva, y con las condiciones en las que se encuentra, no tiene acceso a un tratamiento antirretroviral que le de la oportunidad de llegar a crecer.
Vamos a Calcuta, donde Jyotsna, de 12 años y analfabeta como el 77% de las niñas de la región, perdió su primer bebé fruto de un matrimonio concertado, debido a su poca edad, la mala alimentación y la falta de atención médica. El único aprendizaje que ha experimentado es decir que sí a sus mayores, y acatar las órdenes y decisiones de los varones de su familia.
Un vietnamita que acaba de cumplir 10 años, Giang, trabaja en un taller textil durante interminables jornadas de 16 horas diarias, pero no por algún que otro dong, la moneda oficial del país, sino por el plato único que comerá ese día y que su familia no podría ofrecerle en otro caso. Es curioso que, mientras seis millones de niños mueren de hambre cada año, en Europa y Norteamérica, luchemos contra la obesidad infantil y el sedentarismo.
En la favela de Ciudad de Dios (Cidade de Deus), en Brasil, Thiago (8 años) se dedica al menudeo para una de las bandas que controla el mercado dentro de las chabolas. Tiroteos, drogas, robos, amenazas y difusión de enfermedades curables con el tratamiento indicado son el único pan de cada día de este niño.

La Convención sobre los Derechos del Niño celebra su 20 aniversario. La ratificaron 192 países para dar protección a 2500 millones de menores, más de un tercio de la población mundial. Hoy por hoy sigue siendo papel mojado, y cada día mueren 29.000 niños porque los adultos se niegan a respetar sus derechos.
El ser humano habita en comunidades. En todas creamos una jerarquía, y en todas los más débiles están debajo. Un buen líder debería tener la capacidad de no dejarse corromper y hacerles llegar todo lo necesario a los que son el futuro de cada pueblo, y la comunidad internacional debería hacer mucho más por dar caza (a las bestias se les da caza, no se las persigue) a quienes los privan de la infancia.
En el primer mundo ahora lidiamos con otros males, de acuerdo, pero dejar de lado la realidad de los más desfavorecidos es un atraso en todos los valores que desde hace unas décadas venimos fomentando. Es muy fácil apagar la televisión, dejar de leer los periódicos, y dedicarnos a mirar nuestros ombligos.
Ojalá mis niños cayeran en la suerte que tienen simplemente por haber nacido aquí.
Un niño, nazca donde nazca, tiene derecho a la identidad y a la nacionalidad, a la dignidad, a la alimentación y a un techo, a la protección y al socorro, a una familia, a cuidados médicos, a no ser explotados… pero la mayoría de ellos ni siquiera lo sabe.
Cobardes, cobardes y cobardes. Hipócritas, hipócritas e hipócritas. Animales unos, chupatintas otros, crueles todos.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Disfraces

Quiero compartir con vosotros la que, a mi juicio, es una terrible historia.


...........................................................................

Un día llegó al médico un hombre extraño, pobremente vestido y gris.

Su cara tenía una expresión muy triste, andaba encorvado, lo que le dejaba una apariencia desfigurada, y no atinaba a mirar más allá de sus pequeños zapatos negros sin brillo.

El médico, mirando el espantajo que ante él se postraba en un asiento, preguntó sobre el motivo de la visita a su consulta.

"Doctor, no encuentro nada que me haga levantarme cada mañana, que me haga seguir mi vida, y que me quite de la mente el pensamiento continuo de abandonarme a mi suerte.

Ya no veo en nada ni nadie alegría, pasión, garra, inocencia y pureza. Quisiera decir que estoy enfadado por ver que no hay algo que merezca la pena, pero no me quedan fuerzas ya más que para contarle que estoy... decepcionado, esa es la palabra. Me duele y me parte en dos."

Ante tal alma castigada, el doctor se quedó unos minutos apesadumbrado.

De repente, y como un rayo de un color deslumbrante cruzando el cielo, la idea tomó forma en su mente.

"Amigo, lo tengo: Llegó a la ciudad hace unos días el Gran Circo Mundial. Entre un gran abanico de funambulistas, trapecistas, domadores de leones, bailarinas, contorsionistas y payasos, hay alguien muy especial, con fama internacional de hacer sonreir a todos como nadie antes supo...
El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche aquí. Vaya a verlo. Él es el único que le podrá animar."

El hombre lánguido, amarillento, se deshizo en una mueca de espanto:

"Pero, doctor... Yo soy Pagliacci."
..........................................................................

Y es que siempre he tenido la extraña conexión mental de "payaso" y "tristeza", mientras que al resto del mundo, esto le parece ilógico...

A veces, detrás de los días en los que todo es maquillaje, miles de colores, zapatos extraños, y ganas de sacarle una sonrisa a todos, hay más...